domingo, 1 de mayo de 2016



EL CONCILIO DE JERUSALÉN






La Iglesia es, en el buen sentido de la palabra, liberal. Ya en los albores de la cristiandad, aquella pequeña comunidad primitiva que comenzaba a expandirse por el imperio romano tuvo que confrontarse con una tensión interna entre quienes concebían a la Iglesia como una especie de secta judía mesiánica y quienes habían comprendido la apertura de la salvación a todas las naciones.

No, la Iglesia no es un movimiento sectario, sino una comunidad abierta; la Iglesia está animada por el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu divino creador, y, por tanto, es siempre católica y universal. El Espíritu Santo es libertad y creación.

No sé porqué extraña razón el ser humano posee una tendencia a encerrarse en una falsa seguridad que cree encontrar en la estricta observancia de unas normas férreamente establecidas. Pero el cristianismo no es precisamente un moralismo leguleyo aferrado a preceptos que cierran la entrada a los demás o los aplastan bajo el peso cargas insoportables.  Aunque tampoco la Iglesia es la casa de Tócame Roque, sino que precisa de una coherencia y una cohesión que no se compadece con la anarquía, pero su principio constitutivo, desde su mismo origen, es precisamente la libertad de los hijos de Dios.

Por eso, a los cristianos nos extraña esa especie de fariseísmo laico que quiere prohibir, excluir y descartar condenando al ostracismo público a la acción y manifestación de lo cristiano o lo simplemente religioso en la sociedad. Y encima lo quieren hacer en nombre de una pretendida libertad que paradójicamente se muestra cerrada y cínicamente sectaria.

Para ser libres nos liberó el Señor. Lo que viene de Dios nos da paz y alegría. No la paz y la alegría mundanas, que son falsas, sino la que el Señor nos ha enseñado a practicar y a vivir con nosotros mismos y con todos los hombres.
 


Fernando Llenín Iglesias

sábado, 16 de abril de 2016

LA ÚLTIMA CONVERSACIÓN ENTRE JESÚS Y LOS JUDÍOS

Jn 10, 27-30

La fiesta judía de la Dedicación celebra la independencia de Israel de la dominación siria tras la guerra de los macabeos contra Antíoco IV Epífanes (dios-manifiesto), en el año 164 a.C. Se purificó entonces el templo profanado por los cultos gentiles. Judas Macabeo derribó el viejo altar contaminado y edificó uno nuevo con piedras no labradas. 

La fiesta duraba ocho días.  Un gran resplandor de luz bañaba los atrios del templo, y todas las moradas privadas estaban iluminadas con lámparas decorativas. La noche de Jerusalén quedaba envuelta en la luz y el fuego de muchas antorchas encendidas. Además de encender las lámparas, se entonaban canciones de alabanza a Dios, el Libertador de Israel. Dice Flavio Josefo:  “creo que se le da este nombre porque en forma inesperada lució para nosotros la libertad”. (Antigüedades Judías, libro XII, cap. VII, sec. 7.)

La fiesta de la Dedicación celebra la santidad del Templo. La santidad del Templo venía de la presencia de Dios en él. Por eso se consagraba y se separaba el altar para Dios. Jesús viene al Templo precisamente esos días para señalar una presencia más intensa de Dios en el mundo, una presencia que habita en él mismo, en el nuevo Templo que es su cuerpo. Era el último invierno de su ministerio.  Jesús está en el Templo, en la “casa de su Padre”. Estaba paseando por la “columnata de Salomón”, una hermosa galería al aire libre, en el lado oriental de la gran explanada del atrio exterior de los gentiles y guarnecida contra el viento por una muralla.  Un lugar donde se reunía mucha gente para escuchar la enseñanza de la Toráh.

Algunos judíos vinieron a Él. Son enemigos que hacen corro a su alrededor, acosándolo. Le presionan para provocarlo a que diga una palabra que sirva de excusa para condenarlo: “¿Eres tú el Mesías?” 

Los que no son “ovejas suyas” no escuchan su voz, no creen y no entienden (si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestro corazón). Aquellos paganos helenistas no eran “ovejas” de Israel; pero tampoco lo son los judíos que no “escuchan la voz” del Señor ni siguen sus caminos. No es que Jesús los rechace y no quiera ser su Pastor, sino que ellos no quieren ser de sus ovejas.

La imagen de las ovejas hace referencia al Pastor. En la Biblia es una de las imágenes utilizadas para designar al pueblo de Dios y también al Mesías esperado, “buen Pastor”. Sus ovejas “escuchan su voz”. Para oír a Jesús hay que ser “de Dios”, “de la verdad”. Este rebaño representa la comunidad entera de Jesucristo.

Escuchar el Evangelio de Jesús y seguirle son las dos acciones iniciales del verdadero “rebaño” que Cristo guía.  

Creer en Jesucristo implica caminar siguiendo sus huellas, actuando como él  y con total confianza en él.

Sus ovejas se las “ha dado el Padre” porque la adhesión a Jesús es fruto de la atracción divina y de la escucha humana. Dios no discrimina a nadie y “atrae a todos hacia Cristo”, pero no todos “escuchan su voz”. Quienes escuchan su voz, quienes creen en él, quienes son sus ovejas, tienen ya desde ahora la vida eterna y nadie los arrebatará de su mano y se llenarán de alegría, el gozo del Espíritu de Cristo. La mano es una metáfora del poder protector de Dios. Dios protege la Iglesia, el rebaño que Jesús guía como su Pastor.

Entre Cristo y sus “ovejas” hay una relación íntima, un “conocimiento” personal y afectivo que hace que tengan una misma “vida eterna” y sean “uno” como El Padre y el Hijo: “Yo y el Padre somos uno”. Hay una digamos “circularidad” entre la unidad trinitaria del Padre y el Hijo, y la unión con el Hijo y, por él, con el Padre de los cristianos.
Para nosotros, el templo de Jerusalén dejó de ser el lugar de la presencia de Dios. Ahora, el Templo de Dios somos nosotros. Con Jesús llega la plenitud de los tiempos y Él, junto con nosotros sus discípulos, es el Templo de Dios. Quizá nos ayuda imaginar a Jesús diciendo a sus discípulos una frase que les llamaría mucho la atención: "vosotros sois la luz del mundo". La luz que ilumina a todos los hombres no sale de las estancias interiores del Templo de Jerusalén, sino de Jesucristo presente y vivo en sus discípulos.

Con demasiada frecuencia, los cristianos ponemos en peligro la limpieza de este templo, al permitir la idolatría y las prácticas paganas en nuestras vidas. Nosotros mismos hemos estado por años bajo la misma esclavitud del maligno, que nos llevo a profanar lo sagrado, aun sin darnos cuenta.

miércoles, 16 de marzo de 2016


                                 CELEBRACIONES SEMANA SANTA   2016


DOMINGO DE RAMOS ( 20 MARZO)

12:00          BENDICIÓN DE LOS RAMOS  (CAPILLA DOMINICAS )
                   PROCESIÓN Y SANTA MISA


MARTES SANTO ( 22 DE MARZO)

11:00 - MISA   CRISMAL  ( CATEDRAL) BENDICIÓN SANTOS ÓLEOS

JUEVES SANTO ( 24  MARZO)

12,00 -  CELEBRACIÓN PENITENCIAL COMUNITARIA
18,30 -  SANTO ROSARIO
19,00 -. MISA DE LA CENA DEL SEÑOR
20,15 - PROCESIÓN DE JESÚS CAUTIVO
23,00 -. HORA SANTA ANTE EL MONUMENTO


VIERNES SANTO (25 MARZO)

12,00 -  CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
18,00 - PROCESIÓN DEL SANTO ENTIERRO
20,00- SANTO ROSARIO
20,30 - SOLEMNE VIA CRUCIS



SÁBADO  SANTO ( 26 MARZO)

10,00 - PROCESIÓN DE LA SOLEDAD
21,00 -SOLEMNE VIGILIA PASCUAL
24,00 - VIGILIA PASCUAL NEOCATECUMENAL


DOMINGO DE RESURRECCIÓN ( 27 MARZO)

Horario normal de Misas
Hora :10,30
Hora :12,30
Hora :13,30,
Hora :19,30


lunes, 7 de marzo de 2016






La peregrinación es una experiencia importante en la vida religiosa. Ya en el antiguo Israel existían las llamadas Fiestas de Peregrinación, porque todos los judíos piadosos que podían acudían en peregrinación para celebrarlas en Jerusalén. En los Evangelios se dice repetidas veces que Jesús, desde su infancia y también durante su vida pública, peregrinaba a Jerusalén con su familia o con sus discípulos.

En la vida de la Iglesia, esta tradición peregrinante continuó de diversas maneras. Sobre todo, constituyó una forma especial de expresar la conversión y la penitencia peregrinando a lugares especialmente santos: Jerusalén, Roma y Santiago. Pero hay muchos otros lugares y santuarios por todo el mundo que conocen esa forma especial de piedad popular.

Ser peregrino es un signo de conversión y de fe; es como una parábola de la vida de un cristiano, porque somos peregrinos en tierra extranjera. Nuestra verdadera patria es el cielo, la tierra prometida que mana leche y miel; la tierra nueva y los cielos nuevos donde habita la justicia; la casa del Padre donde hay muchas estancias.

¡Cuántos santos, como san Francisco de Asís, han sido peregrinos! ¡Cuántos cristianos en nuestros días peregrinan a santuarios y experimentan el gozo de la llegada como un memorial de la vida nueva en Cristo!

Y en esa experiencia de la peregrinación es importante y un gran consuelo recibir la acogida y la hospitalidad de tantas personas buenas que expresan así la misericordia que albergan en su alma. También es una experiencia de gracia soportar con paciencia y perfecta alegría el rechazo de quienes, quizá precisamente por ser peregrinos, no quieren ni aceptan lo que la peregrinación significa.

Jesucristo experimentó en su vida tanto la acogida y la hospitalidad en Betania, en Sicar, en casa de Zaqueo o de Pedro o en el Cenáculo, como el rechazo en Belén, en  Gadara o en una aldea de samaritanos. Por eso, instruyó a sus discípulos sobre la peregrinación, el ministerio itinerante y la posibilidad del rechazo.

La acogida y la hospitalidad han formado siempre parte de la vida espiritual del pueblo Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Pero en el cristiano esa hospitalidad y acogida no se circunscribe sólo hacia los hermanos de fe, sino que se expande a todos los hombres.


En nuestros días, es explicable la desconfianza por la inseguridad que tantas personas viven. Pero la actitud fundamental de apertura al otro sin discriminaciones es propia de la forma de ser y de vivir cristiano. La Iglesia ha sido siempre un espacio abierto a todos. La Iglesia no es un grupo cerrado sobre sí, sectario o, como dice el papa Francisco, “autoreferencial”.  Las exclusiones, los sectarismos, las banderías, rechazos y discriminaciones han de estar lejos de nosotros. 

¡Cuántas obras de la Iglesia tienen con finalidad precisamente la acogida y la hospitalidad!  No sólo albergues de peregrinos, sino y sobre todo instituciones dedicadas a los transeúntes, personas sin hogar, refugiados, emigrantes, etc., las encontramos por todos los lugares donde la Iglesia está presente.

Hay una acogida física importante, pero también una hospitalidad espiritual propia de un corazón abierto como el corazón de Jesús. Dar posada al peregrino es una obra de misericordia que la tradición monástica nos ha enseñado a vivir, porque quien recibe a alguien en su casa recibe al mismo Cristo. Cristo quiere ser acogido en nuestra casa, en nuestro hogar, pero sobre todo en nuestro corazón: “Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). 




Dejémosle entrar y no hagamos como aquel poeta que daba largas:
“¡Cuántas veces el ángel me decía: 
«Alma, asómate ahora a la ventana, 
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana, 
«Mañana le abriremos», respondía, 
para lo mismo responder mañana!”


lunes, 15 de febrero de 2016

                                     
                                        DOMINGO  21 FEBRERO 2016

   Os invitamos a participar en el encuentro de jóvenes de este domingo

   Nos reunimos en el salón parroquial el domingo a las 20,00 h.

   El tema que vamos a tratar es :

  ¿ Son los Testigos de Jehová,, Los Mormones y los Masones  una secta ?

   Al finalizar tendremos un cambio de opiniones , donde cada uno de los participantes podrá exponer , dentro de una armonía , sus  opiniones , siempre moderadas por quien presenta el tema

   ! Os animamos a que vengáis !

DAR DE COMER AL HAMBRIENTO


                                           DAR DE COMER AL HAMBRIENTO








Dice el Catecismo que “las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales”  (n.2447). Están bajo el signo del amor, el mandamiento principal, en el que son inseparables el amor a Dios y al prójimo. El Evangelio de san Mateo nos enseña que en el juicio final, al atardecer de la vida, seremos examinados en ese amor.

Amor, fraternidad, solidaridad, caridad, misericordia son palabras que definen las obras de un cristiano sin las cuales la fe es una palabra vacía. Dios es rico en misericordia como una potencia especial del amor, que prevalece incluso sobre el pecado y la infidelidad de los hombres.  La misericordia expresa la bondad gratuita, incondicionada, constante y fiel. No surge como respuesta a una acción previa o a un compromiso adquirido y que obliga, sino que surge de sí misma. La misericordia es el amor en acción, y el amor no necesita justificación.  Es como el amor materno de cuyas entrañas surge un amor particular hacia el hijo por el que se hace todo. Es un amor invencible que está siempre volcado hacia el hijo para alimentarlo, protegerlo, comprenderlo y salvarlo. La misericordia de Dios llena la tierra.

La misericordia, además, no es un equivalente a la justicia, en el sentido de dar a alguien aquello que le corresponde, aquello que se ajusta a su derecho. La misericordia supera a la justicia sobreabundantemente, porque, aunque no se opone a la justicia, está atenta no a lo que se merece sino a lo que se necesita. Por eso, dice la Escritura que la misericordia se ríe de la justicia, porque si sólo recibiéramos o hiciéramos los que en justicia merecemos o nos corresponde, sería demasiado poco. No, la misericordia tiene corazón. Es un amor más fuerte que la muerte y que Cristo manifestó precisamente en la cruz, la obra suprema de misericordia.

La primera de las obras de misericordia es precisamente “dar de comer al hambriento”. El hambre aparece numerosas veces en la Sagrada Escritura. Podríamos decir que la admonición del Evangelio de san Mateo “porque tuve hambre y no me disteis de comer”, expresa un gigantesco remordimiento especialmente en las sociedades opulentas y del bienestar frente a las personas y los grupos sociales que sufren graves carestías en esa misma sociedad opulenta, pero sobre todo frente a los pueblos pobres y empobrecidos de la tierra.

El grito de los pobres hambriento clama al cielo. Junto a los que vivimos sin faltarnos de nada necesario e incluso en la sobreabundancia y el despilfarro, existen otros que incluso mueren físicamente de hambre. Es evidente que la desigualdad económica y material constituye un enorme desafío y una clamorosa denuncia de una sociedad materialista y en buena parte corrupta. El hambre es, ante todo, una enfermedad moral de los saciados en su orgullo.  Es una enorme contradicción de las sociedades que se autodefinen como sociedades de progreso, porque el hambre y la carestía no dependen de la escasez material y menos en un mundo global, sino de un sistema económico irresponsable.  En un mundo globalizado se hace necesaria la globalización de la solidaridad.

La justicia de la que tanto se habla, no se alcanza sólo con palabras ni con ideologías. Es más, en nombre de la justicia la experiencia demuestra cómo se obra con rencor, odio e incluso crueldad; en nombre de la justicia se obra una injusticia mayor; en nombre de la justicia y la igualdad se obra una pobreza y una miseria generalizada. El hambre, la igualdad y la justicia son, ante todo, un problema moral. Y la moral tiene su raíz en el corazón, en el centro de la persona, de sus motivaciones, sentimientos, actitudes y pensamientos.

En este sentido no deja de ser paradójico a la vez que humillante comprobar cómo aquellos que promueven políticas económicas de ajuste de balances, recortes de gastos sociales y búsqueda de equilibrios financieros son, al mismo tiempo, sujetos de corrupción económica inmoderada y desvergonzada, suscitando así la ira cada vez menos contenida de tantas personas que se ven impotentes y se sienten impulsados a buscar salidas populistas y radicales de enorme peligro social, como la historia ha mostrado repetidas  veces.

No deja de ser paradójico que grupos e instituciones que tienen como fin la solidaridad y la lucha en favor de la igualdad y del bienestar de todos los pueblos, recurran a programas de control de demográfico y difunda una cultura y mentalidad anticonceptiva, presionando a los gobiernos y a las sociedades para que acepten una imposición ideológica que violenta las más profundas convicciones y sentimientos de los pobres.


La Iglesia proclama, profesa y defiende la justicia con misericordia, el amor benevolente, gratuito y sobreabundante de Dios como raíz última y “ley primera” que rige o ha de regir el obrar del hombre. Nuestro modelo es Cristo que da de comer al hambriento y, a la vez, da un pan que quien lo come nunca más tendrá hambre. Hace falta el pan, es necesario el pan; pero no sólo de pan vive el hombre. El pan que yo daré es mi carne, es mi vida, soy yo mismo. Por eso, el cristiano que practica la obra de misericordia de dar de comer al hambriento no puede dar sólo pan sin darse a sí mismo. 

Fernando Llenín, ofs    

sábado, 2 de enero de 2016

                   SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS     


                                      



Al comienzo del año nuevo, la Iglesia contempla la divina Maternidad de María, icono de la paz. Fue el concilio de Éfeso el que proclamó a la Virgen María verdadera Madre de Dios, por ser su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. A través de María, de su “fiat” a la voluntad de Dios, ha llegado la plenitud de los tiempos.

La Plenitud del tiempo no es un hecho meramente cronológico, sino un verdadero Kairós, un  tiempo de gracia en el que Dios mismo actúa y nos habla personalmente en Jesucristo. La plenitud del tiempo es la presencia misma de Dios en nuestro mundo y en nuestra historia. No es un Dios escondido, un Dios que está “más allá”, inaccesible e incognoscible. No; Dios está más acá,  Dios-en-el-Mundo, Dios-con-nosotros: Enmanuel.

La plenitud de los tiempos se nos muestra en la gloria paradójica del Hijo de Dios: en la humildad y pobreza de un establo, porque no había sitio para él en la posada. La plenitud de los tiempos se muestra en la debilidad y la pequeñez de un niño: porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. También a cada uno de nosotros llega la plenitud del tiempo en el encuentro personal con Jesucristo, que se realiza precisamente en nuestra pequeñez, en nuestra debilidad y en nuestras pobrezas. Cuando nos hacemos “grandes” e importantes, autosuficientes y orgullosos, entonces nos encontramos solos y sólo con nosotros mismos. Cuando, en cambio, abrimos la puerta de nuestro corazón y de nuestra vida a Dios hecho carne de nuestra carne, entonces ha llegado a nosotros la plenitud del tiempo.

Pero la plenitud del tiempo parece contradecir la realidad dramática de nuestro presente. ¡Cuánta violencia absurda! ¡Cuánta injusticia hay hoy en nuestro mundo! Hijos no queridos, niños abandonados en un cubo de basura, mujeres maltratadas y asesinadas por aquellos que dijeron una vez que las amaban, tantas familias que han tenido que huir para salvar la vida, prófugos que lo han perdido todo. ¿Cómo es posible que todavía hoy exista tanto dolor causado por el hombre? ¿Hasta cuándo y hasta dónde ha de llegar el mal absurdo e inútil? ¡Y pensar que hay quien hace estas cosas en nombre de Dios! Otros lo hacen en nombre de una ideología para alcanzar, dicen, un mundo mejor. ¿Pero cómo es posible un mundo mejor desde la violencia, la opresión y la mentira? Sí, las miserias del pecado de los hombres parecen contradecir la plenitud de los tiempos.

Y sin embargo, la Iglesia proclama precisamente esta plenitud en nuestro tiempo como un  océano de misericordia que viene de Dios y no viene de los hombres. La misericordia de Dios llena la tierra. Estamos llamados en este año de gracia, en este Kairós, a sumergirnos en el mar infinito de la misericordia divina y alcanzar la justicia, el perdón y la paz. Sí, estamos en la plenitud del tiempo, en la plenitud de la gracia de Dios que es capaz de transformar nuestros males, de vencer nuestra indiferencia, nuestros egoísmos y nuestras muertes malas. La gracia de Cristo es poderosa y eficaz, capaz de regenerarnos haciéndonos nacer de nuevo. Dios viene a hacerlo todo nuevo, a crear y recrear nuestro mundo, pero no sin nosotros, sino con nosotros y en nosotros. Un mundo justo y fraterno que alcance la paz.

Porque también hay mucho bien en el mundo, mucha generosidad, mucha solidaridad y mucho amor. No, no es cierto que todo sean desventuras. Aún en medio de tanta miseria percibimos los signos de la bondad y de la presencia de Dios, que es más grande y más fuerte que los fuertes de este mundo. En su aparente debilidad y pequeñez se realiza el milagro del amor, de la bondad y de la solidaridad. ¡Loado seas, Altísimo y bondadoso, mi Señor! A ti, Señor del Universo, Príncipe de la Paz, a Ti la gloria, la alabanza y la Acción de Gracias, por todas tus criaturas y por todo bien.