lunes, 27 de febrero de 2017



                           



Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.
«Por eso os digo: No andéis  preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?
.Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?
Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?
Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan.

lunes, 24 de octubre de 2016


                                                EL FARISEO Y EL PUBLICANO
Lc 18, 9-14


La parábola compara y contrasta dos personajes en el Templo, con dos actitudes corporales diferentes y dos oraciones, larga la del fariseo, breve exclamación la del publicano. Uno se ensalzó a sí mismo ante Dios; el otro, se humilló. El que se humilló salió justificado, enaltecido; el que se ensalzó salió como entró: lleno de orgullo.

La parábola quiere persuadirnos de cambiar nuestras actitudes arrogantes, cuando nos creemos “justos” y despreciamos a los demás al criticar. ¡Cuántas veces nos situamos ante nosotros mismos y, sobre todo, ante los demás, como seguros e impolutos! Y lo hacemos siempre, implícitamente, cuando nos erigimos en jueces de los otros a los que, inmisericordes, condenamos. A las personas tan seguras de sí mismas, tan despreciativas, tan justicieras, Jesús les dirige esta parábola. Hay mucho fariseo y mucho fariseísmo en el mundo actual y aún, muchas veces, en uno mismo.

En la sociedad actual, en la política, en los medios de comunicación, continuamente se da muestra de esta actitud “farisea”. ¡Cuánta dureza, cuánto juicio y cuánta condena destilan las palabras y los comportamientos de aquellos que, poniéndose a sí mismos como “puros” e impolutos, libres de toda corrupción, afirman que ellos no, que no son “como los demás! Ese “ambiente” social y político sólo genera resentimiento, dureza y menosprecio mutuo: “¡Tú más!” Somos “hijos de la ira”, como dijo el poeta Dámaso Alonso, remedando a san Pablo.

El Templo es un lugar público, donde el hombre acude para adorar a Dios y suplicar. El fariseo, de pie, se adora a sí mismo y, en vez de suplicar, juzga y condena al publicano al compararse con él y despreciarlo. El fariseo, cierto, es un hombre honesto, pero se ahoga en un mar de orgullo y, en realidad, de hipocresía: “Te doy gracias porque YO no soy como los demás hombres…, ni tampoco como ese publicano…” Y enumera los vicios de los demás, en contraste con sus muchas virtudes.

El publicano, en cambio, sabe perfectamente que es un pecador, y sabe que todos lo saben. Los publicanos, que manejaban lo que hoy llamamos “el dinero público”, desagradaban a todos y eran objeto de una antipatía generalizada, considerados, con razón, como personas corruptas, ávidos de riquezas e inflexibles. Curiosamente, aparecen muchas veces en el círculo íntimo de Jesús. Son para Jesús el prototipo del pecador, del enfermo moral que tiene necesidad de médico y de la medicina de la misericordia.

El publicano no levanta sus ojos al cielo y golpea su pecho. El publicano, hermano gemelo del hijo pródigo, sólo tiene esperanza en la misericordia de Dios. Suplica: “ten piedad de mí”. Él, contra toda esperanza, vuelve a casa “justificado”, reconciliado, sanado íntimamente. La justicia de Dios no es la justicia vindicativa de los hombres. Dios es justo porque es Misericordia. Esta medicina es la que sana el corazón del hombre, y no las condenas y castigos, ni los desprecios y la exposición a la pública vergüenza.

El arrepentimiento interior del publicano es el comienzo de una vida nueva. Porque Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. ¡Dios nos libre del fariseísmo!

lunes, 3 de octubre de 2016

AVISOS PARROQUIALES

                 

                                            AVISOS PARROQUIALES


                              FESTIVIDAD ROSARIO DE NUESTRA SEÑORA



                 El Viernes 7 de Octubre a las 19.30 h en el templo parroquial se celebrará Misa

                  en honor de la Virgen del Rosario





BEATIFICACIÓN DE LOS MÁRTIRES DE NEMBRA

Los cuatro 'mártires de Nembra' serán beatificados en Oviedo el 8 de octubre en la catedral a las 11,00 h de la mañana




  • Según informó el Arzobispado, la celebración estará presidida por el cardenal prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, el cardenal Angelo Amato

                                INICIO  CATEQUESIS

El próximo Domingo se iniciará la catequesis
Catequesis de Infancia ( incluyendo Poscomunión) 12,10 en el portón ( negro) de las Dominicas
Catequesis de PreConfirmación y Confirmación en los salones parroquiales


                           REANUDACIÓN VELA AL SANTÍSIMO

A partir del día 10 de Octubre se reanuda la vela al Santísimo

Su horario será durante el tiempo que el templo permanezca abierto


jueves, 29 de septiembre de 2016




                                                      CATEQUESIS INFANCIA







El Domingo 9 de Octubre iniciamos la catequésis

A todos los niños / as de

1º Infancia

2º Infancia

3º Infancia

Poscomunión

Os esperamos a las 12,10 h en la entrada ( portón negro )

del colegio de las Dominicas

! Os esperamos !

 
                     

                                   
                                               FESTIVIDAD SAN FRANCISCO DE ASÍS


                                                                 4 OCTUBRE 2016



El 4 de Octubre festividad de San Francisco de Asís, patrono de la Parroquia,

celebraremos en el templo de la misma  a las 19.30 h. 

. Procesión

. Eucaristía

Posteriormente  en el patio del colegio de las Dominicas tendremos un

. Ágape


Estáis invitados a esta celebración todos los fieles


! Contamos con Vosotros !


miércoles, 28 de septiembre de 2016

EL RICO EPULÓN Y EL POBRE LÁZARO
Lc 16, 19-31



Una bella y triste historia ejemplar imaginaria, que invita a la conversión. El evangelista subraya fuertemente el contraste entre ricos y pobres y su destino final respectivo. Resuena el eco del Magníficat (a los hambrientos colma de bienes, a los ricos despide vacíos) y de las Bienaventuranzas (bienaventurados los pobres… Ay de los ricos).

El rico epulón y el pobre Lázaro parece como que nunca se encuentran cara a cara. El rico no tiene nombre, en contraste con el pobre, llamado Lázaro, que significa “Dios ayuda”, “sentado a su puerta”, y al que ni siquiera ve. Pero ambos inevitablemente comparten la misma suerte final: la muerte. Entonces su situación se invierte. El rico se convierte en mendigo y pide un alivio a las llamas y a la sed. Pide que Lázaro haga con él lo que él no hizo en vida.

La parábola, sin embargo, no tiene como objetivo hablarnos de los muertos, sino de los vivos: estamos aún a tiempo de convertirnos. Después de la muerte, es imposible ya cambiar nada. Su realidad personal está definitivamente hecha. El Evangelio nos invita a los oyentes a aprender la lección y a modificar nuestra conducta.

El rico epulón es un “paradigma”  de la opulencia ciega para Dios y para los pobres, y sordo a su Palabra. A la dureza del corazón le corresponde la sordera hacia la palabra de Dios. Ciegos y sordos en un mundo opulento e indiferente a Dios y al prójimo. ¿Cómo se salvará esta sociedad y esta generación?

La parábola nos sitúa frente a la estulticia oculta en la forma de vida de los ricos que conduce a un fracaso total y radical. El ateísmo práctico que, en realidad, sólo cree en la materialidad de esta vida y en la facticidad del presente, carente de toda ética y moral fraterna, caritativa y solidaria, conduce inexorablemente al fracaso total.

La sociedad opulenta, rica, atea, indiferente al sufrimiento de los pobres, es inhumana y, en realidad, degradante. Se corrompe a sí misma y fracasa inevitablemente. En el fondo, todos lo perciben y, por eso, se autojustifican con falsas “caridades” o  falsas “causas solidarias”, que no logran ocultar ni modificar el egoísmo materialista que la degrada.

La sociedad occidental vive en gran medida en el materialismo, el ateísmo y el laicismo, ciego y sordo para Dios y el prójimo. En los años de abundancia económica muchos se lanzaron al despilfarro y a “la orgía de los disolutos”. Nadie, dijeron, vio venir la “crisis”. Pero estaba claro: los pobres se alzarán y juzgarán esta generación. Llamaron a sus puertas, vinieron de todas partes y esta sociedad materialista y opulenta está colapsando.

El materialismo ateo y laicista es intrínsecamente débil. Son ya muchos los que se dan cuenta del escándalo de la profunda perversión y corrupción ética y social que anega nuestra sociedad. Por eso, proponen una regeneración radical y urgente. Pero es muy difícil, porque sólo tiene la propia voluntad y el hombre está dañado por el pecado original y la concupiscencia, el amor propio. Es muy difícil convencer o “convertir” a nadie sólo con voluntarismo o con ideas altruistas, sin una profunda regeneración espiritual que transforme el “corazón” de las personas. “No creerán ni aunque resucite un muerto”.


miércoles, 17 de agosto de 2016

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EN MEMORIA CRÍTICA DE GUSTAVO BUENO



Después de haber leído estos días numerosos artículos laudatorios y llenos de reconocimiento y admiración hacia Gustavo Bueno por parte de sus discípulos y amigos, yo quiero en estas líneas, necesariamente breves, escribir sobre él o, mejor, sobre su filosofía, pero no una loa, sino un crítica. Una crítica respetuosa, pero discrepante. Yo no soy discípulo de Bueno; fui alumno. Le admiré y le sufrí; me provocó y me enseñó. Pero no me convenció.

Para sus discípulos, el Materialismo Académico de Gustavo Bueno es la más potente filosofía crítica que incluye, representa y supera toda posición filosófica hasta el presente. Resultando así el Materialismo filosófico académico de Gustavo Bueno una suerte de nuevo corpus dogmático desde el que declarar o no la ortodoxia filosófica. Casi rayan en el entusiasmo y la veneración religiosa, repitiendo las tesis del “maestro” al que han conocido en estos últimos años y les ha abierto los ojos. ¡Por fin, han visto la luz!

Cuando en el curso 1972/73 me matriculé en primero de Filosofia y Letras, las lecciones de Bueno giraban precisamente en torno a la muerte de la filosofía, el neopositivismo y el círculo de Viena, Wittgenstein, la lógica matemática, el marxismo y un lenguaje que, a mis 17 años, me parecía, a la vez, fascinante y difícil. Bueno no hacía concesiones; no era precisamente un profesor a quien se podía seguir sin aguzar la atención. Entraba en clase con su especie de uniforme, un traje gris y un polo en lugar de camisa y corbata. Como mucho, llevaba en el bolsillo una “ficha” de cartulina, se subía a la tarima y comenzaba a hablar con pasión, hilando un discurso que era como un torrente de palabras para mí todas nuevas.

Sobre todo, me sorprendía su constante y furibunda crítica a la metafísica, término que utilizaba cuando quería “triturar” al adversario. Bueno entiende por Metafísica lo que carece de sentido, tildándolo de monista, espiritualista, irracional, ilusorio y falso. Ni siquiera es conocimiento, es irreal.

Para él, pensar es pensar contra alguien. Especialmente, a este propósito, estaba permanentemente presente en sus lecciones la cuestión de Dios y la Religión. Parecía una obsesión. No había clase ni tema en que, sin saber cómo, no apareciese el tema de Dios. Yo creo que nunca hasta entonces había oído hablar tanto de Dios. Ni en las clases de religión.

Hablemos, pues, del Dios de G. Bueno. Por supuesto, un Dios al que se oponía con todas sus fuerzas. Un día (seguramente un día en que se excedió en demasía) retó a los alumnos que estábamos en el aula a subir a la tarima y demostrar frente a él la existencia de Dios. Naturalmente, nadie se movió, pero yo, que nunca me he dejado avasallar, salí indignado de aquella clase. Bueno provocaba en mí una suerte de contradicción: me atraía su difícil exposición, me retaba y me provocaba a buscar una crítica a su crítica.

Al curso siguiente, ingresé en el Seminario de Oviedo y en él busqué también respuestas a los interrogantes que Bueno me suscitaba, provocando, a mi vez, la incomprensión de algunos profesores. Recuerdo uno que, seguramente molesto por las continuas preguntas y objeciones que yo le ponía en clase, con muy poca psicología por su parte, llegó a invitarme a abandonar el Seminario acusándome, para mi estupor, de ser un “infiltrado de Bueno”.

Para él, toda filosofía verdadera ha de ser entendida como materialista, incluso aquellas que puedan originalmente no ser consideradas como tales. Por ejemplo, decía que el desarrollo del pensamiento cristiano constituye uno de los tramos más ricos e interesantes de la historia del materialismo, porque está ligado a la corporeidad. Los dogmas de la Creación, la divina providencia y, sobre todo, el dogma de la Encarnación suponen la elevación del estatuto del cuerpo. Por tanto, el cristianismo, mal que le pese, ha realizado históricamente una labor de educador de la conciencia materialista, al predicar el respeto al mundo corpóreo, como obra de Dios, y excomulgar a quienes, por desprecio, se abstienen de boda, carne o vino.

En sus “Ensayos materialistas” elabora su ontología crítica y dialéctica. Pero aborrece de todo lo que él llamaba el “materialismo grosero”, porque su filosofía materialista académica aspiraba a ser una “Geometría de las Ideas”. En este sentido, citaba muchas veces el caso de nuestro premio nobel, Severo Ochoa, quien en cierta ocasión afirmó: “todo es química”. Semejante simpleza le dejó a él, como a mí, estupefacto (pero no es infrecuente entre científicos muy reconocidos en sus especialidades cuando se meten a filosofar).

La Idea de Materia es indeterminada, infinita, inconmensurable, plural, que se hace y se deshace en constante fluir. ¡Dios me libre de pensar que la Idea de Materia Transcendental es un sustituto terciogenérico de la realidad divina! Porque la idea de Dios es –dice- el descubrimiento de nuestro siglo, como “depósito de las esencias” y se corresponde con el tercer Género de materialidad (M3). Dios es la resultante de sustantivar el pensamiento o la infinitud, trasladándolo al mundo de los “transfísico”, de lo que está “más allá del horizonte de las focas”. Es la autoproyección de la conciencia gnóstica espiritualista, frente a la que se yergue la conciencia materialista.

Sin embargo, la religión es asunto propio de la Antropología. ¿Es un hecho la religación? Bueno dice que sí, pero la interpreta en clave materialista y antimetafísica. La religión es verdadera como categoría antropológica. En la antropología materialista, el hombre es un “esfera”, un “espacio antropológico”.

Es aquí justamente, donde surge la Religión: las relaciones con las divinidades o “númenes”. Se trata de las relaciones que el hombre tiene con determinados animales. Los hombres desde su origen evolutivo se han relacionado con animales con los que han mantenido sentimientos de temor, adulación o amistad. Esta es la tesis fundamental de la filosofía materialista de la Religión de Bueno: los hombres no han hecho a Dios a imagen y semejanza del hombre, como decía Feuerbach, sino a imagen y semejanza de los animales.

EN MEMORIA CRÍTICA DE GUSTAVO BUENO


Después de haber leído estos días numerosos artículos laudatorios y llenos de reconocimiento y admiración hacia Gustavo Bueno por parte de sus discípulos y amigos, yo quiero en estas líneas, necesariamente breves, escribir sobre él o, mejor, sobre su filosofía, pero no una loa, sino un crítica. Una crítica respetuosa, pero discrepante. Yo no soy discípulo de Bueno; fui alumno. Le admiré y le sufrí; me provocó y me enseñó. Pero no me convenció.

Para sus discípulos, el Materialismo Académico de Gustavo Bueno es la más potente filosofía crítica que incluye, representa y supera toda posición filosófica hasta el presente. Resultando así el Materialismo filosófico académico de Gustavo Bueno una suerte de nuevo corpus dogmático desde el que declarar o no la ortodoxia filosófica. Casi rayan en el entusiasmo y la veneración religiosa, repitiendo las tesis del “maestro” al que han conocido en estos últimos años y les ha abierto los ojos. ¡Por fin, han visto la luz!

Cuando en el curso 1972/73 me matriculé en primero de Filosofia y Letras, las lecciones de Bueno giraban precisamente en torno a la muerte de la filosofía, el neopositivismo y el círculo de Viena, Wittgenstein, la lógica matemática, el marxismo y un lenguaje que, a mis 17 años, me parecía, a la vez, fascinante y difícil. Bueno no hacía concesiones; no era precisamente un profesor a quien se podía seguir sin aguzar la atención. Entraba en clase con su especie de uniforme, un traje gris y un polo en lugar de camisa y corbata. Como mucho, llevaba en el bolsillo una “ficha” de cartulina, se subía a la tarima y comenzaba a hablar con pasión, hilando un discurso que era como un torrente de palabras para mí todas nuevas.

Sobre todo, me sorprendía su constante y furibunda crítica a la metafísica, término que utilizaba cuando quería “triturar” al adversario. Bueno entiende por Metafísica lo que carece de sentido, tildándolo de monista, espiritualista, irracional, ilusorio y falso. Ni siquiera es conocimiento, es irreal.

Para él, pensar es pensar contra alguien. Especialmente, a este propósito, estaba permanentemente presente en sus lecciones la cuestión de Dios y la Religión. Parecía una obsesión. No había clase ni tema en que, sin saber cómo, no apareciese el tema de Dios. Yo creo que nunca hasta entonces había oído hablar tanto de Dios. Ni en las clases de religión.

Hablemos, pues, del Dios de G. Bueno. Por supuesto, un Dios al que se oponía con todas sus fuerzas. Un día (seguramente un día en que se excedió en demasía) retó a los alumnos que estábamos en el aula a subir a la tarima y demostrar frente a él la existencia de Dios. Naturalmente, nadie se movió, pero yo, que nunca me he dejado avasallar, salí indignado de aquella clase. Bueno provocaba en mí una suerte de contradicción: me atraía su difícil exposición, me retaba y me provocaba a buscar una crítica a su crítica.

Al curso siguiente, ingresé en el Seminario de Oviedo y en él busqué también respuestas a los interrogantes que Bueno me suscitaba, provocando, a mi vez, la incomprensión de algunos profesores. Recuerdo uno que, seguramente molesto por las continuas preguntas y objeciones que yo le ponía en clase, con muy poca psicología por su parte, llegó a invitarme a abandonar el Seminario acusándome, para mi estupor, de ser un “infiltrado de Bueno”.

Para él, toda filosofía verdadera ha de ser entendida como materialista, incluso aquellas que puedan originalmente no ser consideradas como tales. Por ejemplo, decía que el desarrollo del pensamiento cristiano constituye uno de los tramos más ricos e interesantes de la historia del materialismo, porque está ligado a la corporeidad. Los dogmas de la Creación, la divina providencia y, sobre todo, el dogma de la Encarnación suponen la elevación del estatuto del cuerpo. Por tanto, el cristianismo, mal que le pese, ha realizado históricamente una labor de educador de la conciencia materialista, al predicar el respeto al mundo corpóreo, como obra de Dios, y excomulgar a quienes, por desprecio, se abstienen de boda, carne o vino.

En sus “Ensayos materialistas” elabora su ontología crítica y dialéctica. Pero aborrece de todo lo que él llamaba el “materialismo grosero”, porque su filosofía materialista académica aspiraba a ser una “Geometría de las Ideas”. En este sentido, citaba muchas veces el caso de nuestro premio nobel, Severo Ochoa, quien en cierta ocasión afirmó: “todo es química”. Semejante simpleza le dejó a él, como a mí, estupefacto (pero no es infrecuente entre científicos muy reconocidos en sus especialidades cuando se meten a filosofar).

La Idea de Materia es indeterminada, infinita, inconmensurable, plural, que se hace y se deshace en constante fluir. ¡Dios me libre de pensar que la Idea de Materia Transcendental es un sustituto terciogenérico de la realidad divina! Porque la idea de Dios es –dice- el descubrimiento de nuestro siglo, como “depósito de las esencias” y se corresponde con el tercer Género de materialidad (M3). Dios es la resultante de sustantivar el pensamiento o la infinitud, trasladándolo al mundo de los “transfísico”, de lo que está “más allá del horizonte de las focas”. Es la autoproyección de la conciencia gnóstica espiritualista, frente a la que se yergue la conciencia materialista.

Sin embargo, la religión es asunto propio de la Antropología. ¿Es un hecho la religación? Bueno dice que sí, pero la interpreta en clave materialista y antimetafísica. La religión es verdadera como categoría antropológica. En la antropología materialista, el hombre es un “esfera”, un “espacio antropológico”.

Es aquí justamente, donde surge la Religión: las relaciones con las divinidades o “númenes”. Se trata de las relaciones que el hombre tiene con determinados animales. Los hombres desde su origen evolutivo se han relacionado con animales con los que han mantenido sentimientos de temor, adulación o amistad. Esta es la tesis fundamental de la filosofía materialista de la Religión de Bueno: los hombres no han hecho a Dios a imagen y semejanza del hombre, como decía Feuerbach, sino a imagen y semejanza de los animales.

La religión brota –dice- de la animalidad constitutiva del hombre, de la “religación” del hombre a los animales. No a todos. No todos los animales son divinos, sino sólo algunos como, por ejemplo, el reno, el oso o el gato, que siempre fue divino. La Teología es así, en realidad, Etología. Por eso, dice, el ateísmo no procede de la impiedad moderna, sino des desprecio por los animales.

Para concluir diré que la filosofía de Gustavo Bueno se nos muestra curiosamente como una filosofía platónica que construye la realidad por medio de una “geometría de la Ideas” y, por tanto, como un epígono del Idealismo tan denostado por él. Todo lo real es material; la Idea de Materia es la clave interpretativa de toda posible realidad y el criterio último y absoluto de la verdad.

Su filosofía es una abstracción, un constructo geométrico, un idealismo invertido. Decir que todo lo real es material y fuera de la materia no hay nada, es un postulado, un supuesto absoluto, una opción tomada como principio dogmático desde el que se anatematiza al otro, al “adversario”, aun a costa de la verdad. Porque tergiversa los sistemas filosóficos utilizando lo que yo llamo el “método maniqueo”, que introduce elementos aparentemente inocuos para poder así caricaturizar y ridiculizar al adversario.

Es curiosísimo comprobar como en los Ensayos materialista Bueno ejemplifica y reduce toda la filosofía que combate a Berkeley y Malebranche, presentándolos como los representantes prístinos de un delirante sistema idealista metafísico cristiano. Esa manipulación artificial me produjo siempre una especial irritación intelectual.

Hay modos de hacer filosofía, ya ensayados en la larga historia de la filosofía, que, situándose combativamente contra el otro como adversario a triturar, no alcanzan su objetivo, porque combaten contra sí mismos y culminan en un melancólico y triste final autodestructivo.

En cuanto a su más famosa tesis sobre el origen animal de la religión, podríamos hablar largo y tendido. Baste decir que, como él mismo confiesa en “Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la Religión”, la idea se le ocurrió un día de paseo en que se encontró con un perro gigantesco ante el que, naturalmente, sintió temor. Pero al considerar para sí mismo que él era un ser superior, pasó prudentemente por la orilla opuesta en actitud indiferente. Tras alcanzar una distancia, se volvió para ver qué hacía el perro y, ¡oh, sorpresa!, el perro hizo exactamente lo mismo. En aquel instante, sus miradas se encontraron y Bueno tuvo una especie de revelación, iluminación o intuición. Comprendió que si él hubiera sido un hombre religioso habría reconocido al perro como un ser superior, un “númen”, un “animal divino”.

Es decir, los animales, por ellos, desde ellos, con ellos y en ellos, son la fuente de toda numinosidad o religiosidad. El origen de la religión es la religación del hombre a la animalidad, que se irá desplegando históricamente en tres estadios: religiones primarias, secundarias y terciarias. Muestra así Bueno su raíz en el positivismo ateo de Compte. Una clasificación coherente con su sistema, pero que de ninguna manera es seguida por la comunidad científica que estudia la fenomenología y la historia de las religiones.

La teoría del origen animal de la religión es, cuando menos, absolutamente gratuita. Yo no la llamaría una “Idea”, sino una ocurrencia. En “El animal divino” dice en las páginas 154s que hay que optar y él opta por el materialismo: “No somos agnósticos, no dudamos sobre la existencia de los dioses espirituales; somos dogmáticos en este punto… y partimos de la hipótesis de que estos dioses (y, por supuesto, el Dios monoteísta) no existen en la realidad”. Es lo coherente con el Materialismo de Bueno.

Pero es que esa supuesta “religión natural” o primaria es sólo “opción”. Que ese sea el origen de la religión es una simple ocurrencia. Es cierto una cosa: sobre cómo empezó la religión históricamente cada cual puede decir lo que quiera, porque ni lo sabemos ni seguramente podremos saberlo nunca. A lo sumo, conjeturarlo. Pero lo que yo sostengo es que la teoría de Bueno no es siquiera una “conjetura”, porque siguiendo el Tractatus de Wittgenstein (del que tanto nos hablaba en clase) no es empíricamente verificable, y siguiendo a Popper (al que tanto denostaba <y copiaba>) no es tampoco empíricamente refutable o “falsable”. Por tanto, la tesis básica de “El animal divino” es simplemente una tesis “sin sentido”.

La religión brota –dice- de la animalidad constitutiva del hombre, de la “religación” del hombre a los animales. No a todos. No todos los animales son divinos, sino sólo algunos como, por ejemplo, el reno, el oso o el gato, que siempre fue divino. La Teología es así, en realidad, Etología. Por eso, dice, el ateísmo no procede de la impiedad moderna, sino des desprecio por los animales.

Para concluir diré que la filosofía de Gustavo Bueno se nos muestra curiosamente como una filosofía platónica que construye la realidad por medio de una “geometría de la Ideas” y, por tanto, como un epígono del Idealismo tan denostado por él. Todo lo real es material; la Idea de Materia es la clave interpretativa de toda posible realidad y el criterio último y absoluto de la verdad.

Su filosofía es una abstracción, un constructo geométrico, un idealismo invertido. Decir que todo lo real es material y fuera de la materia no hay nada, es un postulado, un supuesto absoluto, una opción tomada como principio dogmático desde el que se anatematiza al otro, al “adversario”, aun a costa de la verdad. Porque tergiversa los sistemas filosóficos utilizando lo que yo llamo el “método maniqueo”, que introduce elementos aparentemente inocuos para poder así caricaturizar y ridiculizar al adversario.

Es curiosísimo comprobar como en los Ensayos materialista Bueno ejemplifica y reduce toda la filosofía que combate a Berkeley y Malebranche, presentándolos como los representantes prístinos de un delirante sistema idealista metafísico cristiano. Esa manipulación artificial me produjo siempre una especial irritación intelectual.

Hay modos de hacer filosofía, ya ensayados en la larga historia de la filosofía, que, situándose combativamente contra el otro como adversario a triturar, no alcanzan su objetivo, porque combaten contra sí mismos y culminan en un melancólico y triste final autodestructivo.

En cuanto a su más famosa tesis sobre el origen animal de la religión, podríamos hablar largo y tendido. Baste decir que, como él mismo confiesa en “Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la Religión”, la idea se le ocurrió un día de paseo en que se encontró con un perro gigantesco ante el que, naturalmente, sintió temor. Pero al considerar para sí mismo que él era un ser superior, pasó prudentemente por la orilla opuesta en actitud indiferente. Tras alcanzar una distancia, se volvió para ver qué hacía el perro y, ¡oh, sorpresa!, el perro hizo exactamente lo mismo. En aquel instante, sus miradas se encontraron y Bueno tuvo una especie de revelación, iluminación o intuición. Comprendió que si él hubiera sido un hombre religioso habría reconocido al perro como un ser superior, un “númen”, un “animal divino”.

Es decir, los animales, por ellos, desde ellos, con ellos y en ellos, son la fuente de toda numinosidad o religiosidad. El origen de la religión es la religación del hombre a la animalidad, que se irá desplegando históricamente en tres estadios: religiones primarias, secundarias y terciarias. Muestra así Bueno su raíz en el positivismo ateo de Compte. Una clasificación coherente con su sistema, pero que de ninguna manera es seguida por la comunidad científica que estudia la fenomenología y la historia de las religiones.

La teoría del origen animal de la religión es, cuando menos, absolutamente gratuita. Yo no la llamaría una “Idea”, sino una ocurrencia. En “El animal divino” dice en las páginas 154s que hay que optar y él opta por el materialismo: “No somos agnósticos, no dudamos sobre la existencia de los dioses espirituales; somos dogmáticos en este punto… y partimos de la hipótesis de que estos dioses (y, por supuesto, el Dios monoteísta) no existen en la realidad”. Es lo coherente con el Materialismo de Bueno.

Pero es que esa supuesta “religión natural” o primaria es sólo “opción”. Que ese sea el origen de la religión es una simple ocurrencia. Es cierto una cosa: sobre cómo empezó la religión históricamente cada cual puede decir lo que quiera, porque ni lo sabemos ni seguramente podremos saberlo nunca. A lo sumo, conjeturarlo. Pero lo que yo sostengo es que la teoría de Bueno no es siquiera una “conjetura”, porque siguiendo el Tractatus de Wittgenstein (del que tanto nos hablaba en clase) no es empíricamente verificable, y siguiendo a Popper (al que tanto denostaba <y copiaba>) no es tampoco empíricamente refutable o “falsable”. Por tanto, la tesis básica de “El animal divino” es simplemente una tesis “sin sentido”.

Fernando Llenín Iglesias