viernes, 2 de octubre de 2015

ANUNCIO INICIO DE CATEQUESIS

POSCOMUNIÓN





Empezamos el nuevo de curso de catequesis con ánimos renovados. Os indicamos la fecha, lugar y ue el material que tienen que llevar a la misma los niños de poscomunión


  • Día 18 de Octubre
  • Hora:12:15
  • Lugar: Salón de la Parroquia
  • Material: 
    • Carpeta de  anillas A4
    • Lápices de colores
    • Tijera
    • Pegamento de barra
ANUNCIO INICIO DE CATEQUESIS
2º - 3º de Infancia 




Empezamos el nuevo de curso de catequesis con ánimos renovados. Os indicamos la fecha, lugar y el   material  que  tienen que llevar a la misma los niños de segundo y tercer año


  • Día 18 de Octubre
  • Hora:12:15
  • Lugar: Salón de la Parroquia
  • Material: Libro Catecismo “Jesús es el Señor"
    • Carpeta de  anillas A4
    • Lápices de colores
    • Tijera
    • Pegamento de barra

ANUNCIO INICIO DE CATEQUESIS
1º DE INFANCIA



Empezamos el nuevo de curso de catequesis con ánimos renovados. Os indicamos la fecha, lugar y  el material que tienen que llevar a la misma los niños de primer año a partir de 1º de primaria (6 años)


Día 18 de Octubre

Hora:12:15

Lugar: Colegio de las Dominicas

Material: Libreta anilla A4
                Lápices de colores
                Tijera

                Pegamento de barra


sábado, 5 de septiembre de 2015

Comentario al Evangelio del Domingo 6 de Septiembre del 2015

¡EFFETÁ!
Mc 7, 31-37



Tiro y Sidón se encuentran Líbano. La Decápolis está al este del Mar de Galilea. En lo que coinciden esas regiones es que son todas ellas tierra de gentiles en la periferia de Israel. Zonas en donde posteriormente surgieron comunidades cristianas. Anticipa, pues, la llegada del Evangelio a los gentiles paganos y la misión de la Iglesia a todas las naciones.

De hecho, el sordomudo era un pagano. En el Antiguo Testamento, varias veces se dice que los paganos son como sordos (embotados, torpes) por su insensibilidad hacia la palabra de Dios. Is 35, 5-6 anuncia que “los oídos de los sordos se abrirán” y “cantará la lengua del mudo”. En nuestro caso, es conducido a la presencia de Jesús por otros. No puede ir por sí mismo. Hay entonces un encuentro personal, íntimo, a solas, de Jesús con esa persona. Sólo así puede realizarse verdaderamente el milagro que transformará la vida y la personalidad de ese hombre. Tenemos así una descripción de todos aquellos que en la Iglesia serán conducidos por otros hasta Jesús, para que él les hable y libere. ¡Cuántos evangelizadores, catequistas y misioneros han desarrollado y desarrollan este mismo servicio!

El evangelio nos describe también las acciones de Jesús, que parecen aludir a un exorcismo: metió sus dedos en sus oídos, como abriendo un camino para expulsar al demonio, y escupió. En la antigüedad la saliva, especialmente la de las personas carismáticas, era considerada un remedio terapéutico. Creían que, al brotar de su cuerpo, contenía poderes sobrenaturales, que podían ser benéficos o dañinos. Escupir a alguien tuvo un significado maléfico (a Jesús le escupirán durante su arresto y juicio), mientras que chupar las heridas era considerado curativo. Dado que Jesús aparece como alguien dotado de poder divino, se consideraba que su saliva contenía un poder de curación y un poder destructor de las fuerzas malignas.

Además, Jesús suspiró. No está claro el significado de ese suspiro. San Pablo dice que el Espíritu Santo intercede por nosotros con “suspiros” o gemidos inefables (Rom 8,26). Como Jesús que “eleva los ojos al cielo”, en actitud de súplica al Padre.

“Ephphatha” es palabra aramea, que el evangelista san Marcos conservó en la lengua original por su creencia en el poder de las palabras de Jesús. Los oídos del pagano quedaron abiertos para escuchar la palabra de Dios y su lengua liberada, desatada.

Pasó así a convertirse en una palabra y un gesto de la liturgia bautismal. El hombre recibe la revelación de Dios en Jesucristo que le conducirá al bautismo. De esta forma, queda liberado del Maligno y abierto a la acción de la gracia en él, por el poder de la Palabra de Cristo y los sacramentos.


Todo lo hace bien, nos recuerda la conclusión de la obra de la Creación en el libro del Génesis cuando Dios vio todo lo que había hecho y era todo muy bueno. Y también el discurso de san Pedro después de Pentecostés diciendo que Jesús “pasó haciendo el bien” y curando a los oprimidos por el diablo. Jesús está creando un mundo nuevo por su poder que vence al mal.

En los gestos de Jesús, que la Iglesia ha conservado dentro de la liturgia bautismal, hay un profundo simbolismo. El hombre, cada uno de nosotros, nos encontramos incapacitados para escuchar a Dios y al prójimo. Estamos encerrados en nosotros mismos, sumidos en nuestro pequeño mundo auto-referencial, sin poder salir de nuestras preocupaciones. Incluso cuando somos religiosos y hablamos con el Señor en nuestra oración, no nos ocupamos más que de nosotros, sin abrir nuestros oídos a los que el Señor nos está diciendo a través de su palabra y de tantas personas y acontecimientos que son una llamada potente de Dios. Por eso, tenemos la sensación de estar hablando solos.


Revivir y reavivar la gracia recibida en el bautismo es quizá la llamada más urgente en nuestro tiempo. La Iglesia tiene hoy una misión como la de aquellos que recibieron el Evangelio de san Marcos: llevar de nuevo a los hombres, sordos y mudos para escuchar al Señor, de modo que puedan tener un encuentro liberador, íntimo y personal, con Jesucristo. Eso es lo importante, lo único necesario. Sólo así la Iglesia podrá ser como recreada en una Iglesia viva y fecunda, en esta vieja Europa neopagana que languidece y se va entorpeciendo y debilitando espiritualmente cada vez más. 

Don Fernando Llenin Iglesias 

Evangelio del Domingo 30 de Agosto del 2015



LAS MANOS IMPURAS
Mc 7,1-8.14-15.21-23



Los fariseos fueron un movimiento político-religioso judío que se caracterizaba, entre otras cosas, por realizar una exacta y precisa interpretación de la ley mosaica. Eran de “estricta observancia”. San Pablo, cuando dice que él fue fariseo, se llama a sí mismo “fanático” e “irreprochable” en el cumplimiento de esa ley. Los fariseos eran escrupulosos en el cumplimiento de reglas y normas de pureza, diezmos, observancia del sábado y días santos, matrimonio y divorcio, así como formas propias de oración y de vida comunitaria. Pensaban que sus enseñanzas, aunque no se encontrasen literalmente en el texto bíblico, eran deducibles del mismo.

En Mc 7,1 se narra que “los fariseos y algunos de los escribas procedentes de Jerusalén” se acercaron a Jesús. Jesús y los fariseos coincidían en el deseo de que todo Israel, y no sólo una minoría intelectual y privilegiada o una secta apartada de los demás, cumpliera la voluntad de Dios contenida en la Ley y los Profetas. El debate polémico entre Jesús y los fariseos era más práctico que teórico.

Mc 7, 1-23 es el pasaje evangélico más extenso sobre la disputa de Jesús en relación a las reglas de pureza. Básicamente el texto tiene dos partes: 1-13, referido a las manos impuras y la tradición de los antepasados, y 14-23 sobre la enseñanza de Jesús acerca de qué es lo que verdaderamente hace impuro al hombre, si lo que entra de fuera o lo que sale de dentro.

Los judíos se lavan las manos antes de la oración y oraban antes de comer. Por tanto, debían comer con las manos lavadas. La cuestión era que habían visto a algunos discípulos de Jesús comer con manos impuras o no lavadas. Evidentemente, el responsable de tan impropia conducta sería el mismo Jesús. En su respuesta, Jesús utiliza dos argumentos: les acusa de hipocresía por ser tan observantes en una minucia, mientras se saltan, por ejemplo, un mandamiento tan importante como honrar padre y madre.

Entonces Jesús se dirige a la multitud y no a un grupo selecto y minoritario como los fariseos. A ellos les enseña qué es lo que verdaderamente hace impuro a un hombre: lo que sale de él, lo que brota de su corazón. De ahí surgen las malas acciones, los malos pensamientos y las malas actitudes, que Jesús ejemplifica en lo que se llama un “catálogo de vicios”

La clave de todo está en la consideración del “hombre impuro”. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda hacerlo impuro (alimentos o adherencias); lo que sale del hombre, sólo eso puede hacer impuro al hombre (su “corazón”).

La polémica de Jesús con los fariseos, sin embargo, tiene su centro en torno a la “tradición de los antepasados”. El comer con manos impuras es sólo la ocasión para la discusión. Es una discusión sobre el valor de las “tradiciones”, frente a lo esencial: los mandamientos. Jesús llama a los fariseos “hipócritas”, actores que fingen cumplir la voluntad de Dios, pero, en realidad, están muy lejos de Él.

Una hipocresía que es la expresión de una profunda enfermedad espiritual. El corazón se ha separado de Dios y han vaciado la palabra de Dios sustituyéndola por tradiciones humanas. Pretenden honrar a Dios sólo con los labios, es decir, con la comida.

Jesús desmonta el criterio neurótico sobre la impureza ritual que dice que tocando una cosa o una mano sin lavar pueda hacer impuro a alguien. Hay ciertamente una fácil perversión religiosa que se muestra obsesiva con prácticas ritualistas o moralismos superficiales que desvirtúan la esencial relación del hombre con Dios y con los demás, centrándose en los externo y superficial. Por eso, Jesús llama la atención con una llamada insistente: “¡Escuchadme todo y entended esto!” Nada es impuro en sí mismo. ¡Dejad los escrúpulos! Lo importante es el “corazón”.

La palabra de Jesús resuena como la palabra de los antiguos profetas. El corazón indica el núcleo esencial de la persona, el centro mismo de donde brotan los pensamientos, los sentimientos, las intenciones y las acciones. La impureza está ligada a la injusticia, a la impiedad, a la falta de amor, a las acciones malas y egoístas.

Don Fernando Llenin Iglesias


domingo, 23 de agosto de 2015

Comentario al Evangelio del Domingo 23 de Agosto 2015

SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS?


Jn 6, 60-69

Al oír las palabras de Jesús, muchos de sus discípulos entraron en crisis, confusos en su fe y dubitativos. Probablemente el evangelio de san Juan refleje una crisis ocurrida en la comunidad joánica a finales del siglo I, en la que judíos cristianos reaccionaron frente a la profesión de fe en Jesucristo Hijo de Dios y en la Eucaristía, abandonando la Iglesia y volviéndose a la sinagoga. La resistencia a creer totalmente en Cristo no puede ser superada sin la gracia, “si no se lo concede el Padre”.

Los “discípulos” habían admitido que quizás Jesús fuese el Enviado de Dios, el Mesías que esperaban como libertador de Israel y el que iba a reunir al Pueblo de Dios para iniciar una nueva era escatológica. Pero tropezaron con la proclamación inaudita para ellos de ser el Salvador del mundo y de que en él se realizase la plena comunión del hombre con Dios.

Por eso, dicen que sus palabras son “duras” (sklerós). Las han entendido bien, pero rehusan “escucharlas”; es decir, creer en él. Jesús les muestra que se han “escandalizado”, que han tropezado en sus palabras como en una piedra del camino que les hace tambalearse y caer. Les añade una pregunta que no espera respuesta, sino que es aún más provocativa para ellos: “¿y si vierais al Hijo del hombre subir donde estaba antes?” Indica su procedencia de la divinidad. El que “ha bajado” del cielo, subirá “a donde estaba antes” cuando haya cumplido su misión.

Para “ver” esto es necesaria la fe, una gracia del Espíritu Santo, “que hace vivir”. El Espíritu Santo es Vida, es la fuente de la vida, el que da la vida. El Espíritu Santo hace nacer de nuevo. Las palabras de Jesús son Espíritu y son vida. El hombre “carnal” es incapaz de creer en Cristo porque no tiene en él la vida de Dios, el Espíritu Santo. Por eso, no puede creer ni comprender, porque juzga según la apariencia, de una forma material y superficial. Su inteligencia está ofuscada por su pecado. Y esa ofuscación son tinieblas que equivalen a una falta de fe y a una cerrazón en sí mismo. Carece de la apertura que rompe los límites de su propia voluntad, inteligencia y sentir.

Hay una “clave espiritual” en las palabras de Jesús que sólo puede descifrar quien tiene su Espíritu. El Espíritu Santo es apertura y dinamismo vital. Pero no se impone como una evidencia material, sino que invita y mueve a creer en libertad. Hay discípulos que no creen. Hay un punto en el que finalmente quien ha conocido a Jesús tiene que decidirse a seguirle plenamente y entregarse a él o abandonarlo. El Señor nos sitúa ante nuestra libertad. Puedes aceptar o resistirte; puedes seguirle o abandonarle; puedes creer en él o no creer. En este punto, el evangelio de san Juan muestra sin disimulos que muchos que comenzaron el discipulado, finalmente lo abandonaron. Si esto tuvo lugar o no en la vida histórica de Jesús o fue una reacción posterior de cristianos judíos que terminaron por abandonar la Iglesia y volver al antiguo judaísmo, es lo de menos. Lo importante es que siempre y para todos la opción de creer o no es inexorablemente una decisión libre de cada uno.

Dios “atrae”, Dios “da” la gracia, pero es el hombre quien ha de abrirse a ese don o rechazarlo. Ese rechazo fue una amarga experiencia de Jesús, cuyo culmen fue su condena a morir crucificado y verse abandonado por todos. Es un rechazo que continua a lo largo de la historia hasta nuestros días. Muchos se preguntan porqué sucede eso, porqué Israel ha rechazado a Cristo o porqué la sociedad europea actual rechaza a Cristo. Como también uno se pregunta porqué uno de los Doce le traicionó o le traiciona hoy en día. Y la respuesta está en el uso de la libertad del hombre o en su incapacidad por su pecado de “ver” y comprender espiritualmente.

Pero hay otros que sí creen, como Pedro que confiesa su fe en Jesús como “el Santo de Dios”, como aquel que tiene “las palabras de la vida eterna”. Es un pequeño grupo: los Doce. La fe de Pedro sucede al rechazo de muchos. Podríamos decir que la fe de Pedro sucederá incluso a la momentánea negación de Pedro. Pedro es la cabeza que representa a la totalidad de los Doce, y eso que entre ellos había un traidor.

La pregunta de Pedro “¿a quién iríamos?” refleja un proceso interior que ha sido superado. También ellos tuvieron que pasar su crisis, pero optaron por creer en él sin vacilar más: tus palabras “son” vida eterna. Pedro acepta sin reservas. Seguro que no entendía plenamente su significado ni sus consecuencias, pero confía y se entrega: “nosotros creemos y sabemos”. Creer y saber expresan que en la fe la inteligencia no es abstracta, sino cordial, existencial y vital.

Fernando Llenín Inglesias

lunes, 17 de agosto de 2015



EL PAN VIVO
(Jn 6, 51-58)


Jesús se presenta como el “pan vivo”, es decir, como el alimento que contiene la vida misma de Dios y puede comunicarla. Jesús tiene la vida en sí mismo. Él no es solamente el “pan de la vida”, sino “el pan vivo”. Hay una revelación nueva: “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. El verbo “dar” está en futuro: “el pan que yo daré”, con un Ego enfático. El pan que Dios da, el que baja del cielo, es el mismo Jesús.

Este pan que “dará” es la entrega voluntaria del Hijo. Dar de comer este pan equivale a entregar su vida en la cruz. Ese es el don de Dios: la vida de Cristo donada, entregada a la muerte para hacer brotar la vida eterna desde esa misma muerte. Es un pan dado para la vida del mundo. La muerte de Jesús-carne (pan) es fuente de vida para el mundo.

Por “carne” no se refiere Jesús al organismo, sino a sí mismo en su condición mortal y paciente. La palabra “carne” designa la totalidad del hombre en tanto que ser mortal, finito, caduco, sujeto a la fragilidad, a la debilidad y al sufrimiento. No habla de “alma” (psykhé) ni de “cuerpo” (sóma), sino de “carne” en el mismo sentido que aparece en el Prólogo: “la Palabra (Lógos) se hizo carne”. Por tanto, alude al misterio de la encarnación, destacado mediante la imagen de la bajada del cielo.

Aquellos galileos que escucharon a Jesús no creyeron en él. Para los judíos era claro el simbolismo del maná como alusión a la Torá, a la Ley, es decir, a la Palabra de Dios que se recibe como alimento para la vida. Comer el maná significaba vivir del don de la Palabra de Dios. Pero Jesús les dice que él mismo es “el pan del cielo”, el verdadero maná, la verdadera Palabra de Dios e insiste en la necesidad de que el discípulo coma ese nuevo maná, se asimile, por así decir, a él para recibir la “vida eterna”.

Sus interlocutores eran conscientes del significado simbólico de sus palabras y comprendieron muy bien que Jesús afirmaba su origen divino. Si rechazaron sus palabras, es porque habían comprendido su significado. No se confundían, no, pensando que Jesús les estuviese hablando de antropofagia. Lo que rechazaban era que la salvación universal y, en concreto, la suya, pudiera provenir de Jesús que les habla, porque eso le hace ocupar el lugar salvador de Dios mismo. Sus palabras, por tanto, sonaban sacrílegas a oídos de sus oyentes. Rechazaban la Encarnación del Lógos y que ese Lógos, esa Palabra, fuera Jesús. Negaban que la muerte de Jesús sea fuente de vida para todos los hombres. En definitiva, preanuncian el escándalo de la cruz para los judíos. Por eso, los judíos rechazarán más tarde la Eucaristía cristiana.


Jesús solemniza y enfatiza la veracidad de su anuncio con un doble “amén” e identifica su carne, es decir, él mismo, con el Hijo del hombre, respondiendo así a los judíos que le designaban despectivamente como “éste”. El título “Hijo del hombre” designa al Hijo de Dios Salvador. Es una figura celestial a quien atribuyó la misión de dar el alimento que permanece hasta la vida eterna. Y ahora les dice que el alimento se identifica con el donante, con el mismo Hijo del hombre que, bajado del cielo, entrega su vida para “darla” a los hombres.

Frente a las objeciones y rechazo de sus interlocutores, Jesús reafirma que no sólo la carne sino también la sangre ha de ser bebida para tener la vida. La sangre es precisamente el símbolo de la vida. Jesús anuncia su propia muerte como don de vida eterna. Jesús invita a “comer y beber”, es decir, a acoger la revelación del sacrificio del Hijo del hombre. En un sacrificio hay siempre un banquete en el que se come la carne sacrificada y se bebe el vino como metáfora de la vida ofrecida.

Todo el discurso de Jesús está impregnado del simbolismo sapiencial del alimento. Lo significado es la palabra divina, fuente de salvación cuando es “comida”, es decir, plenamente acogida por el hombre. “Comer” en sentido espiritual equivale a “creer”; “beber” significa “adhesión” íntima y personal. Comer ese “pan” es, por tanto, una adhesión y una unión íntima a la persona de Cristo salvador del mundo. Aparece así el tema de la inmanencia mutua entre Jesús y el creyente.

La “carne y la sangre” de Jesús son las del Hijo del hombre bajado del cielo para ser “elevado”. Esa carne comida y esa sangre bebida por el discípulo produce una morada recíproca, una íntima unión mutua, un asimilarse el uno al otro: dos en uno. Se produce así una “inmamencia recíproca” que no puede separarse de la relación que une al Padre y al Hijo. San Juan nos transmite aquí el profundísimo misterio de la relación de Jesús con Dios su Padre: “somos uno”. Jesús y el Padre son dos, pero al mismo tiempo son “Uno”. Análogamente, hay una unión del discípulo con Jesús, el Hijo. La Relación Padre-Hijo engendra la relación Hijo-creyente. El modelo es profundamente trinitario: “yo vivo por el Padre….el que me come vivirá por mí”. Unido a Jesucristo el cristiano permanece unido a la Santa Trinidad. El Hijo es el mediador de esa relación vital.

Esta íntima unión vital se realiza en la Eucaristía, que actualiza el don que nos hace el Hijo del hombre, el Hijo de Dios, de sí mismo. Se produce en nosotros este misterioso intercambio: somos asumidos en la divinidad de Aquel que ha asumido nuestra humanidad. La Eucaristía realiza esa simbiosis mutua, esa comunión del creyente con aquel que vive por el Padre. Comer el pan y beber la copa eucarísticos es entrar en comunión con aquel que se entregó a la muerte y la venció dando la vida eterna. El fruto de la Eucaristía es la vida nueva y eterna del discípulo.

Jesús nos llama a unirnos a él en el sacramento de la Eucaristía, pan partido para la vida del mundo, para formar juntos la Iglesia, que es su Cuerpo histórico. La Eucaristía es el medio y el instrumento de esta transformación recíproca, que tiene siempre a Dios como fin y como actor principal: Él es la Cabeza y nosotros los miembros; Él es la Vida y nosotros los sarmientos. Quien come de este pan y vive en comunión con Jesús dejándose transformar por Él y en Él, es salvado de la muerte eterna. Ciertamente muere como todos, participando también en el misterio de la pasión y de la cruz de Cristo, pero no es ya esclavo de la muerte y resucitará en el último día para gozar la fiesta eterna con María y todos los santos.